Escribir para olvidar

Esta noche no he podido pegar ojo. Creo que es porque estamos de viaje familiar y estaba descansado. Normalmente llego exhausto a la cama y me duermo enseguida y no me despierto en toda la noche. Ayer, por el contrario, estaba fresco, me acosté temprano y me costó dormirme. Mi hermano estaba jugando al nuevo juego de Indiana Jones en su Asus Rog Alike sin auriculares y, aunque yo llevaba tapones, el ruido, pese a ser leve, no me dejaba conciliar el sueño.
También me desperté a eso de las dos, y, aunque me esforcé, no conseguí dejar de darle vueltas a la cabeza hasta caer rendido otra vez. Me acordé de que Jesús contaba que, si no se pone un partido hasta desvanecerse, no duerme en toda la noche y Jon, que no puede leer o mirar el móvil en la cama porque entonces no se queda dormido. En aquel momento pensé que no se acuestan lo bastante cansados y, fíjate por dónde, anoche a mí me pasó justo lo mismo.
Sobre todo estuve pensando en lo complicado que me resulta ser consistente con una forma de pensar, una idea, un propósito, un objetivo. A menudo me comprometo con una tarea y, al día siguiente, es como si se me reiniciara la cabeza y encuentro otros proyectos tan o más importantes en los que enfocarme. Luego, al tiempo, suelo terminar acabando lo que empiezo, si es que merecía la pena, pero siempre tengo la sensación de que se debe a la casualidad de haber podido dedicarle tiempo, no a la voluntad de hacerlo. Supongo que habrá un poco de ambas, pero no puedo evitar pensar lo contrario.
Sigo sin comprender cómo hay veces que una idea que se forma por la noche o a primera hora de la mañana, cuando, quizá, tengo la mente más despejada, me parece tan buena, urgente e importante y luego, cuando la retomo tras hacer las cosas rutinarias de la vida y la pongo en otro contexto, ya no me parece tan especial, tan brillante, tan formidable.
Empecé a practicar el Bullet Journal con el propósito de ser más organizado y productivo y, tras varios años de práctica, de haber leído el libro de Ryder y decenas de artículos sobre productividad en Internet, he llegado a la misma conclusión que el autor del método: «la cruda realidad es que no podemos "crear tiempo", solo podemos "tomarnos tiempo"». Es decir, el tiempo es el que es, no se trata de hacer las cosas más rápido para hacer más cosas, si no de elegir qué quiero hacer, no lo puedo hacer todo.
Sin embargo, ¡cuesta tanto renunciar a esas ideas!, ¡todas parecen tan prometedoras!, ¡¿cómo dejarlas escapar sin haberlas intentado antes siquiera?! La triste verdad es que no tengo el tiempo suficiente y tengo que elegir. Pasa lo mismo con tantas otras cosas: las fotos del móvil; los proyectos abandonados del ordenador; los trastos que compro, que dejo de utilizar y que almaceno por si acaso hasta que me olvido de que los tengo y pasan solo a ocupar espacio, etc.
Supongo que se trata de alguna clase de FOMO, pero elegir, renunciar a algo, descartar algo, es de las cosas más difíciles de este mundo. Aunque tenga la disposición de hacerlo y lo haya anotado en mi cuaderno, sigo pensando en esas ideas, tal vez, por este estilo consumista de vida que nos inculcan.
Y me doy cuenta de que cuando no renuncio a nada es mucho peor, porque la vida se convierte en un caos colmado de ansiedad en el que solo puedo dedicarle un minuto a cada cosa y todo es hacer malabares y fracasar. Así que me he concienciado para ordenar mis prioridades y hacer solo lo que está en mi mano con un propósito y, si no tengo tiempo para mis aficiones, pues no pasa nada, procuro ser consciente de que he invertido mi tiempo en cosas que son más importantes.
Es por eso que escribir un diario me resulta tan terapéutico. Cada artículo es como una carta de despedida a una de esas ideas, en las que les digo: hasta luego, quizá volvamos a vernos; y, de esa forma, al describir con palabras y con detalle esa idea, puedo dejarla ir fácilmente, sin remordimientos. De momento me funciona y seguiré con ello.
Escuchando: El Entusiasmo — Biznaga
Viendo: Alien, El Octavo Pasajero — Ridley Scott